25 de agosto de 2016

Lo que hice este verano


Hace tanto que no actualizo el blog que no he querido ni mirar cuando fue la última vez, pero estoy segura de que ha pasado por medio todo el verano.

El verano es mi estación favorita, seguramente por lo mismo que para la mayoría de vosotros. El ritmo se ralentiza, hay menos prisas, los días son largos, las noches aún más... Y es verdad que aún no ha acabado, pero ya está dando las boqueadas. Me quedan algunos días libres que serán para desconectar (si consigo resistir la tentación de las zonas de WIFI gratis ) y luego ya la vuelta a la jornada completa y los horarios más rígidos, pero también a esas cosas por las que llevas tiempo esperando y querrías que los días corriesen un poco más aprisa.

Próximo destino. Y no, no es para documentarme, es solo placer ;)




Este verano me ha dado de sí para leer novelas que tenía pendientes, como Irene de Pierre Lemaitre, que se me antojó desde que se publicó, y me gustó mucho pese a su negro negro final. Novela policíaca con literatura dentro de la literatura y uno de esos estilos que demuestran lo difícil que es escribir con sencillez, sin necesidad de grandes alardes y a la vez haciendo que sea imposible despegarse de la lectura.

Y la culpa fue de la portada aunque luego no correspondió con lo que yo creía

También vi la serie de la que todo el mundo habla, Strange Things, y aunque siempre sospecho un poco de las cosas que gustan "a todos", reconozco que me ganó por completo. Nostálgica, llena de homenajes a los ochenta, con un buen guión, interpretaciones convincentes y una chica que pasa directa a mi top de heroínas. Lo siento si no la habéis visto, pero no me puedo resistir a dejar el gif de mi escena favorita, esa en la que te dan ganas de levantarte y aplaudir.

Ella es Once, y sí, está muy loca, pero es genial


Luego hubo una semana de julio que tenía prácticamente libre, y había hecho planes, pero todo se desbarajustó porque se alinearon las coincidencias, y varias cosas que tienen fechas muy distintas convergieron a la vez.

En una misma semana y sin esperarlo recibí la corrección de Forajido, las galeradas de la edición en papel de Tú en la sombra y el correo solicitando la versión definitiva de El último baile. Y no, esa no es la portada, pero otra de las cosas que hice (que hicimos, gracias por la ayuda, Cris, Lidia) fue buscar imágenes que sirvieran para ilustrar a Lilian y Andreas. Fue emocionante y desconcertante a la vez. Cuando releo dejo a un lado todo lo demás y lo que más me gusta es lo que tengo entre manos, pero esta vez fue como ser infiel conmigo misma, no sabía a quién querer más.

Vale, sí que lo sé, pero es que hay cosas que no se pueden evitar

Pero dejando a un lado esa semana, la realidad es que los protagonistas de mi verano no han sido ninguno de los anteriores, sino un nuevo amor. Todas mis últimas novelas (excepto Forajido que es la excepción que confirma la regla y por algo es más corta) las he escrito durante el verano. Este ha sido el año de Mathieu y Nadina.

Ella es Carey Mulligan, él esTheo James y los dos son inspiración.

No es plan hablar mucho de ella, entre otras cosas porque aún está a medias, pero puedo decir que la historia transcurre en París y que Mathieu es agente de los cuerpos de élite de la policía, de los que intervienen, por ejemplo, cuando hay un atentado terrorista. El caso es que lo que yo quería escribir es la historia de amor de Nadina y Mathieu (y la estoy escribiendo), pero (para variar) el argumento no tiene mucho en común con lo que se suele esperar de una novela romántica y, sin embargo, yo seguiré empeñada en defender que lo es. Pero todavía no, primero tengo que terminarla y confiar en que sea mentira eso que dicen de que los servicios de inteligencia vigilan todas las búsquedas sospechosas en Google. Porque, si es cierto, lo mismo cualquier día me encuentro con el ordenador requisado; y cuando me pregunten por qué estoy interesada en el ISIS y en averiguar cómo se adquieren armas en el mercado negro,  a ver cómo les explico que solo quería escribir una historia de amor...

Menos mal que en la misma carpeta también está Theo y se lo puede explicar

Así que ha sido un verano de muchas dudas y de preguntarme docenas de veces por qué me gusta tanto complicarme la vida y todavía no he encontrado la respuesta, pero mientras tanto Nadina y Mathieu llevan ya 238 páginas y aunque unos días me gustan más y otros menos, ellos sí me gustan; y lo de los géneros y ser o no ser romántica lo dejo para otra entrada, porque al fin y al cabo eso me lo pregunto igual en otoño, en verano, en invierno...

Esa es la cuestión


Y resumiendo para no alargarme más, que como todos los otros veranos, como todas las estaciones y los años enteros, el tiempo se me ha pasado volando. Pero eso sí,  ha sido intenso y no me importa en absoluto que llegue el otoño. No solo por lo que ha de venir, es que así llegará antes el próximo verano.



28 de mayo de 2016

Por qué me gustan tanto los antihéroes

Hay gente a la que le gusta coleccionar ranitas de colores, otra a la que le encantan los doramas coreanos, a algunas les pierden los zapatos o los bolsos. A mí me gustan los antihéroes.


Es un concepto aparentemente claro, pero que cuesta sintetizar. Por eso me he ido a la wikipedia y me he encontrado con esto:

Un antihéroe hace referencia a un personaje de ficción que tiene algunas características que son antiéticas comparadas con las del héroe tradicional. Un antihéroe generalmente realizará actos que son juzgados "heroicos", pero lo hará con métodos, intenciones o motivos que no lo son.

Y también dice la wiki que uno de los primeros antihéroes literarios fue El Quijote. Así que con ese ilustre precedente, paso a detallaros por qué me gustan tanto los personajes que van a contracorriente.

Porque siguen siendo héroes. Aunque resulte paradójico es la verdad. Por mucho que lleve el anti delante, no hay que dejarse engañar. Lo dice la definición: realizará actos heroicos, solo que a su manera. Usando trampas o sin pretenderlo, echando a perder todos sus presuntos planes malvados por la causa más nimia y desinteresada, dejándose humillar miserablemente. Ellos son así. Cualquier cosa con tal de desconcertar a sus antagonistas y de paso a los lectores.

Scarlett, querida, te voy a abandonar en medio de la nada para unirme
 al derrotado ejército confederado, pero bésame antes... Ese es mi chico.
Son más divertidos. A diferencia de los héroes de una sola pieza o de los villanos netos, los antihéroes se mueven por las amplias zonas del gris. Pueden actuar con nobleza en una circunstancia y con vileza en la siguiente. Son más imprevisibles. Dan más juego.

Son más reales. Quizá no sea un factor decisivo. Leemos o vemos series y películas para evadirnos y también para encontrar lo que echamos en falta en la vida real, pero para mí sí es importante. De niña, cuando fantaseaba (que era casi todo el tiempo), me gustaba imaginar situaciones posibles (tan posibles y variadas como que era una rock star o me enamoraba de un espía de la KGB, pero no es mi culpa que la KGB desapareciera unos pocos años más tarde ni que nadie haya descubierto mi talento para llegar a las notas más altas). La realidad es un plus. Es cierto que existen hombres y mujeres llenos de virtudes, generosos, abnegados, asertivos y con la habilidad de tomar siempre la decisión más acertada para ellos y para los que los rodean, pero también existimos los demás.

Pueden mejorar. Lo que no ocurre en alguien que ya viene perfecto de serie. Y me gusta especialmente que suceda en una novela romántica, que cambien por amor, y que lo hagan  a mejor. Pueden redimirse. ¿Y no os parecen heroicas y muy románticas las redenciones? Emocionantes, gratificantes y con un mensaje positivo ;)

No lo han tenido fácil. (Y ese es otro de mis leiv motiv: me gusta lo difícil). Son rebeldes, sufren, arrastran culpas, suelen tener su propio código moral, un pasado trágico a cuestas o cuando menos complicado, heridas, desengaños... historia. Cuando los conocemos mejor, entendemos sus motivos, incluso simpatizamos con ellos y, con un poco de suerte, les perdonamos.

No pretenden salvar a nadie. Su propia condición de antihéroes se lo impide. Aunque en el fondo lo estén deseando, las formas les pierden. No se puede confiar en ellos (y les sienta fatal, las contradicciones también van en el lote), así que ellas se tienen que salvar solas. Esa es otra razón por la que no me atraen los argumentos protagonizados por los héroes clásicos. Aquellos en los que había que rescatar a la chica atada a las vías justo un segundo antes de que el tren las arrollara. Y no es que ellos tuviesen la culpa, pero es que es tan aburrido limitarte a esperar que vengan a salvarte...
Aquí una mujer inteligente, mejor que te aten a ti y yo te salvo
No son posesivos. No son dominantes, no son poderosos, no tienen el control. Lo digo porque a veces se suele oponer a la figura del héroe, del protagonista bueno y noble, ese otro arquetipo. Y a mí modo de ver, ese hombre protector (en exceso) y triunfador (hasta el orgasmo) es más una perversión del concepto de héroe que un auténtico antihéroe. Es más, a los antihéroes nunca les sale todo bien, lo normal es que las contrariedades se les acumulen.

Porque ellas también pueden. Porque la antiheroicidad (mira que suena mal esto) no se refiere solo a los roles masculinos. Tampoco ellas tienen que ser siempre y en todo momento sufridas y perfectas, ingeniosas, compresivas y competentes, saber curar una herida de bala y traducir el griego del revés. También pueden ser antiheroínas.

Tanto me gustan que, si me paro a pensarlo, diría que todos mis protagonistas están incluidos en esa franja (que es muy ancha). Sin embargo, no ha sido premeditado, son solo esas razones de ahí arriba. Pero si he escrito ahora esta entrada, es porque desde hace algunas semanas tengo en mente a un protagonista distinto. Alguien honesto, comprometido, entregado y sin equivocaciones en su pasado por las que lamentarse. Un hombre que aún cree que es posible hacer una diferencia y que lo pone todo de su parte para conseguirlo, y al que no le importa que los demás crean que es ingenuo o estúpido ser idealista. ¿Y sabéis qué? También me gusta ese hombre.

Pero como aún es pronto para hablar de él, ¿os apetece que charlemos sobre los otros? Decidme, ¿os atrae la ambigüedad moral o agradecéis que los malos sean muy malos y los buenos muy buenos? ¿Tenéis un antihéroe favorito o, por el contrario, alguno que odiéis? ¿Creéis que he arrimado mucho el ascua a mi sardina y se me ha olvidado mencionar los inconvenientes? Seguro que sí, pero es lo mismo que me pasa con mis protas, acabo perdonándoselo todo, incluso cuando menos se lo merecen.




11 de abril de 2016

Los enamoramientos


Aunque le he tomado prestados el nombre y la imagen de portada (esa preciosa fotografía de Elliot Erwitt), no es de la novela de Javier Marías de lo que me apetecía hablar hoy, sino de los enamoramientos en sí, y especialmente en las novelas románticas.

En su novela, Marías escribe sobre las incertidumbres. La posibilidad de hacer que alguien, que en principio no te estaba destinado, acabe enamorándose de ti. También sobre las cosas atroces que se hacen en nombre del amor y  las causalidades y el azar, al que no está de más echar una mano (y ese es un tema que también me gusta). Con todo, Los enamoramientos no es mi novela favorita de Marías y más bien en lo que yo estaba pensando es en el instante en que las cosas cambian. Cuando de repente algo hace clic y te descubres enamorado o enamorada. O cuando te enamoras y no te das cuenta.




Doy por hecho que existen muchas clases de enamoramientos, a cámara lenta o rápida, fugaces y eternos, y —sobre todo— correspondidos o no. Esto es especialmente importante en la romántica, porque una historia en la que solo uno de los protagonistas se enamora..., como que no. Pero lo que sí puede ocurrir es que uno lo tenga mucho más claro o le ocurra antes que a otro. Me encandilan esas situaciones. Por eso he intercalado algunos fragmentos míos, porque son de esas escenas que me gusta evocar y porque lo tenía fácil para encontrarlos y usarlos... 


 
Todo esto viene a cuento de una de esas reflexiones que surgen de vez en cuando. Si tal o cual personaje se enamora con demasiada rapidez, si es un recurso fácil justificar un amor como a primera vista o si está poco justificado en general. Tengo que decir que soy de las que creen en los flechazos, siempre lo digo (siempre que me lo preguntan y hoy también aunque no me lo haya preguntado nadie), que yo sí creo en los pálpitos porque me ha ocurrido. Y no es que esa injustificable seguridad de que podría ser muy feliz con esa persona que me acababan de presentar me impulsase a dejarlo todo y cambiar mi vida por la de él (y ahora que no me oye, ni siquiera hoy en día después de casi veinte años juntos me gustaría verme en esa tesitura). No, no es eso, y de hecho tardamos casi cinco meses en quedar para tomar algo (y eso que yo también le gusté desde el principio, que si no, yo no sé...) y no me creo, en general, que el amor se construya, surja tan rápido, pero sí pienso que los enamoramientos pueden ser cuestión de un segundo.




Y aunque os esté contando mi vida en cómodos fascículos, la idea era charlar sobre los instant love en las novelas. A mí, como lectora, no me desconciertan tanto esos amores inexplicables y repentinos como que a la semana siguiente de conocer a Alex, Susana (nombres falsos escogidos para la ocasión) esté dispuesta a quemar sus naves y abandonar su carrera y su apartamento para apoyarle en su carrera de espeleólogo en los Andes. O que ese compañero de oficina con el que la prota tuvo una noche tonta la víspera decida solucionarle la vida y tenga el remedio a sus problemas de un día para otro.




Son situaciones inventadas, pero estoy segura de que entendéis a qué me refiero. Supongo que todo es cuestión de credibilidad, de la convicción que se consiga volcar en las palabras, y que nuestra sensibilidad será siempre particular y distinta. Por eso quería preguntaros si os pasa a menudo, si os cuesta expresarlo si sois de las que escribís o, si al leer ese momento en que uno u otro prota (o más difícil todavía, los dos a la vez) se enamoran, también os enamoráis con ellos. Si os lo soléis creer y advertís la chispa o más bien os puede el escepticismo y exigís pruebas y demostraciones.

 


Porque sí, estoy de acuerdo en que el amor hay que construirlo; pero a veces simplemente sucede y, lo que es mejor, perdura.