28 de agosto de 2017

Despidiendo el verano



Así ha comenzado el día por aquí, gris y tormentoso, muy a tono con esa sensación de final de las vacaciones propia de estas fechas. Aquí entre nosotros, a mí todavía me quedan unos pocos días para volver a la rutina, pero antes de que llegue septiembre, quería contaros parte de lo que ha sido mi verano. Un verano que estaba siendo tranquilo hasta que los atentados de Barcelona nos conmocionaron a todos. Han sido unas semanas para desconectar de las redes, que cada vez me parecen más tóxicas y distorsionadoras. Si me van a contar cosas que no son verdad, prefiero quedarme con la ficción, la buena ficción, la que ayuda a ver más allá de nosotros, nos da perspectiva y profundidad y hace más soportable la realidad cuando se vuelve intolerable. En ese sentido, para mí este sí ha sido un buen verano, y como lo bueno merece compartirse, os dejo algunas de las cosas que me guardo para recordarlo.

Un libro





Esplendor fue un regalo que tenía muchas ganas de leer y resultó ser más de lo que esperaba. Narra la relación de dos hombres desde su niñez en la Italia de los setenta hasta su madurez en la actualidad. Una historia de renuncias y separaciones, de crónica de las últimas décadas, de amor intenso y fou y dosis de realidad a manos llenas. También es una bofetada en la cara y, aunque será inevitable recordarla con un poso amargo, igualmente perdurarán los momentos de esplendor. Además, Mazzantini escribe tan bien, tiene tantas imágenes y tanta capacidad para transmitir emociones que solo puedes leer y dejarte conducir a donde quiera.


Una serie.





Fue una recomendación que me enganchó más y más a medida que avanzaba. Berlin Station cuenta con una única temporada (por ahora, creo que este otoño emiten la segunda), con diez episodios y prácticamente cerrada. Buena intriga, buenos personajes. Daniel lo interpreta Richard Armitage (sin comentarios 💓), pero también destaca Hector y todos los secundarios tienen peso y son interesantes por sí mismos. La trama guarda cierto paralelismo con lo ocurrido con Julian Assange o Richard Snowden, pero con planteamientos clásicos en las historias de espías: citas en los sitios más insospechados, operaciones a contrareloj, dobles juegos, conflictos morales y ese no saber quién será el que te dispare por la espalda. 

Un personaje



Esto es un poco trampa porque me sirve para recomendaros otra serie. Se trata de Sense8 y él es Wolfgan Bogdanow, interpretado por Alex Riemelt, un actor (alemán para más señas) por el que habría visto la serie entera (de hecho la vi por él, llamadlo destino), pero aunque Alex no fuese una razón más que suficiente, Sense8 es de por sí adictiva. Tiene un punto de partida imaginativo, maneja muy bien bien la acción y la intriga, lanza un mensaje positivo y da una visión de la sexualidad abierta y sin prejuicios. Es una serie coral y todos los personajes se hacen querer, pero me quedo con él. Wolfgan es un ladrón que creció en el Berlín Este con un padre que le maltrataba y del que se desquitó. Va de duro, pero solo lo consigue a medias. No importa, conocer a Wolfgan (y a Alex) es enamorarse de él. 

Una canción






Esto ha sido un enganche de última hora. Una de esas canciones que escuchas en la radio y no sabes de quién es ni qué dicen, hasta que no tienes más remedio que averiguarlo, y entonces descubres que es justo lo que buscabas. 

"Porque tengo problemas,
pero tú también los tienes.
Así que dámelos todos a mí,
y yo te daré todos los míos.
Disfrutamos de la gloria de nuestros problemas,
porque tenemos esa clase de amor
que hace falta para solucionarlos.

Sí, tengo problemas
y uno de ellos es lo muchísimo que te necesito."



Un paisaje

              



Para terminar una imagen de Berlín al atardecer (el autor es Vladan Radijovac) porque muchas de las cosas que he visto y leído estos últimos meses tienen que ver con Berlín, y aunque estas vacaciones me he quedado con las ganas de ir, todavía no he perdido la esperanza de hacerlo pronto. Además, como decía otra de mis últimas lecturas, no es imprescindible visitar un lugar para conocerlo, podemos imaginarlo, y yo he imaginado Berlín muchas veces este verano (y lo que me queda).

Y como estoy segura de que este otoño seguiremos necesitando de más buenas historias, animaos y contadme cuáles han sido las vuestras. Todo sea por alargar un poco más la despedida.




16 de mayo de 2017

Y sonó la música

El viernes fue la cita y todavía estoy resacosa y nostálgica. 



Otra presentación, sí. Las hay todos los días, pero es que esta era especial y no porque fuese mía (no solo por eso), es que eran Lilian y Andreas.

Podría contaros lo nerviosas que estábamos, las ganas que teníamos de que saliera bien, de que gustase, de intentar transmitiros al menos una parte de lo que El último baile supone para nosotras, y hablo en plural porque sin Lidia, esto no sería lo mismo, no tan emocionante ni tan divertido. Pero como los protagonistas eran ellos, Andreas y Lili,  voy a cederles el foco y a mostraros cómo fue el guion de la presentación. Decir también que tanto la idea como la selección de los fragmentos y la elección de muchas de las piezas que suenan de fondo, fueron obra de Lidia (que además de amiga y blogger, es mi cómplice favorita) y que M.C. Sark (otra instigadora) nos ayudó a poner la mejor voz posible para los protagonistas (escuchadlas todas y luego me decís).

Un poco de silencio, un rato de calma, un café entre las manos si queréis... ¿Ya? Pues dadle al Play y empezamos con Dvorak y su Romance para violín y orquesta.




Texto del cap. 1. Un encuentro. Suena de fondo Gymnopedie 1, 2 de Erik Satie y pone la voz M.C. Sark.

Extracto del primer capítulo como introducción a la época y para ir dando información sobre lo que vamos a encontrar. Nos ponemos en situación: Viena, años 50, regreso de Lilian tras una estancia de catorce años en los Estados Unidos y reencuentro fortuito con Andreas.




Texto del cap. 2 Baile de debutantes. Música de Dmitri Shostakovich, Waltz Nº 2, voz de M.C. Sark.

Lilian. Tratar la evolución del personaje. Lo idealizado de su visión juvenil, la relación  con Andreas y cómo irá cambiando.




Texto del cap. 6 El vestido de lamé plateado. Escena de la biblioteca. Suena un charleston. Voz de Marisa.

Andreas. Referirse a él como un personaje del que no tenemos tanta información. El hándicap de que solo conocemos los pensamientos de Lili.




Texto del cap. 8. No lo hagas, Lili. Velada en el music hall del Grand Hotel. La música es un foxtrot y la voz de Lidia.

La relación con Ernst y cómo, a su vez, irá cambiando. El hecho de que cada uno tiene sus razones.



Texto del cap. 19 Resistir la tentación. Escena de la bañera. De fondo se escucha el Bolero de Ravel. Voz de Marisa

Punto de giro. La importancia de la época. La transgresión, la libertad, los cambios.




Texto del Cap. 24 De vuelta a casa. Suena una canción alemana de la época. Voz de Lidia.

La relación madre-hijas como tema de fondo y la cuestión de que cierta generación de mujeres puede verse identificada con algunas de las situaciones de la novela.





Texto del Cap. 36 Perderlo todo. Música de Erik Satie, Gnossienne.

Cerrando el círculo y dando voz a Andreas para terminar.




Despedida. Tenía que ser un vals: And the waltz goes on de Anthony Hopkins y Andre Rieu.



Todo eso más algunas notas mías, además de los textos por si fallaba el audio (horror), era lo que llevábamos escrito en los folios a los que daba vueltas mientras hablaba (junto con el sufrido boli). Mi hermana grabó varios fragmentos (mil gracias, Merce), los he unido en un solo vídeo y lo he subido a YouTube. El encuadre es así, así, yo a veces me lio y tengo que volver al hilo, también puede ser demasiado revelador y, si no lo habéis leído, seguramente sea mejor que no lo veáis, además es muy largo y, si después de desanimaros de esta manera, aún pensáis verlo, lo tenéis aquí. Pero si solo queréis comprobar lo emocionante que fue, lo feliz que estaba y cuánto os agradezco que quisieseis compartir ese día con nosotras, pinchad solo el final, justo a partir del minuto 51:47 y veréis que nuestras caras lo dicen todo. 



Queríamos que fuese un día para celebrar y lo fue, así que, aunque ya os digo que estoy nostálgica (estamos, ¿verdad, Lidia?), lo mejor es que el recuerdo, como su historia de amor, nunca termina de pasar. Está siempre ahí, para que la retomemos cada vez que queramos volver a ella, cada vez que queramos que suene la música y el baile vuelva a empezar. 

Os espero en Viena.

La imagen también es de Lidia 💙
PD. No podía terminar sin dejaros también las crónicas de Inés, Mónica, Lidia, Sara y Lucía ❤❤❤❤❤. Es verdad que fue mágico, pero lo mejor fue que esa magia la creamos entre todas. Nunca os daré suficientes gracias, pero ahí van otra vez. Muchas, muchas gracias.







 

7 de mayo de 2017

De hijas y madres

Tenía esta entrada pendiente desde hace tiempo, y la había ido dejando, hasta que he pensado que hoy era el día ideal para publicarla.

Veréis, llevo dándole vueltas desde las declaraciones aquellas de Samanta Villar acerca de que se sentía engañada por cómo le habían vendido la maternidad. Sé que es un tema sobre el que se habló largo y tendido y ya es agua pasada. Seguro que hay alguna otra polémica más reciente. Pero lo bueno es que no pasa de moda y además todas tenemos nuestra propia visión. Aunque no seamos madres, con seguridad hemos sido hijas. Por eso mismo, lo de alegar desconocimiento, es una postura que no entiendo, quizá porque soy la mayor de cuatro hermanos y crecí en un momento distinto, justo cuando el papel de la mujer apenas comenzaba a cambiar.

Siempre se me dieron fatal las manualidades

Nací en 1968 y mi madre aún no había cumplido veintiún años cuando yo llegué sin aguardar invitación. Entonces no existía la epidural y estuvo de parto casi dos días, en un hospital que tenía los cristales rotos y en noviembre, cuando aún no había cambio climático y hacía frío de verdad. Y fue una adelantada, porque, si salía el tema en el colegio, muchos reconocían que habían nacido en sus casas (o las modernas eran sus madres, solo que no lo sabían). No había revistas ni páginas web especializadas que te diesen buenos consejos, ni clases de preparación al parto. Había otra clase de experiencia, pero también diferente mentalidad. Mi abuela tenía seis hijos y ya le daban bastante trabajo. Era una vida sin tantas comodidades, aunque por entonces casi todas las casas comenzaron a tener lavadoras. No existían los hiper en los que cargar el coche con la compra de la semana y había que ir a diario y esperar la vez en el mercado, aunque también la recuerdo atravesando medio Getafe, porque en el economato de la empresa en la que trabajaba mi padre la compra salía un poco más barata. A veces ibamos por la tarde, después de salir del colegio y, además del carrito, tenía que tirar de cuatro niños de 8, 6, 4, 2 años... También recuerdo las caminatas hasta casa de mi abuelo para llevarle la cena cuando murió mi abuela, las revistas de patrones y los retales con los que nos hacía vestidos, las muchas veces que amenazaba con quitarse la zapatilla, pero nunca llegaba a hacerlo. También estoy segura de que mi madre nunca nos ayudó a hacer los deberes. Difícilmente habría podido porque cuando era niña su profesora prefería estar de conversación en el pasillo antes que enseñarles matemáticas, con ponerles a coser tenía suficiente. Recuerdo que todas las tardes planchaba mientras en la radio se oía a Elena Francis y que los consejos de aquella señora siempre eran los mismos, hacerse respetar por los novios (teniendo en cuenta que hacerse respetar era esperar a tener sexo después de casados), ser paciente con los deslices y el malhumor de los maridos y usar la crema a la cera de plumas de cisne para mantener el cutis terso y suave.


Por si no os ha quedado claro el concepto publiciatario de la época

Lo que quiero decir es que nunca tuve la menor duda de que ser madre no es fácil, pero  también estoy convencida de que a día de hoy nuestras opciones son mucho mayores. Pertenezco a una generación que pudo disfrutar de oportunidades que hasta entonces habían estado vedadas a la gran mayoría. Pude estudiar, sacarme el carnet de conducir casi en cuanto cumplí los dieciocho años,  tuve libertad para salir y entrar (relativa y negociada, pero libertad al fin y al cabo), pude trabajar y tener independencia. Y si hice todo eso fue en gran parte gracias al apoyo de mi madre, que no tuvo ocasión de estudiar, que trabajó como una mula, pero sin cobrar ni tener reconocimiento legal, que me ayudó a cuidar a mi hijo para que yo no tuviera que renunciar. 

Y una vez más los tiempos han cambiado y nos encontramos con nuevos problemas (celebrar la fiesta de cumpleaños perfecta, sobrevivir a los grupos de Whatsapp, confiar en que el partido de fútbol del sábado no termine saliendo en las noticias...) Ahora tenemos horarios laborales imposibles y corresponsabilidades que dejan mucho que desear, mujeres que optan por aparcar sus carreras para criar a sus hijos y otras que hacen malabares intentando llegar a todo (y seguramente tanto unas como otras dudan en ocasiones de si tomaron la mejor decisión). Por eso no entiendo las etiquetas de "buenas o malas" madres y me parece lo peor que las redes se llenen de comentarios desaprobatorios cada dos por tres si una mujer que ocupa un cargo público se lleva a su bebé a una sesión de investidura o a otra se le ocurre dejarlo con una persona de confianza e irse por ahí a cenar.

Debe ser que no tenemos problemas más graves

Pero lo que sí me gusta es que todas podemos expresar nuestra opinión (también Samanta Villar, por supuesto) y decidir responsable y libremente si quermos tener un hijo, ninguno o media docena, si lo haremos en solitario (a veces por elección y otras porque no nos queda más remedio) o con idéntica implicación de nuestras parejas. Porque hay muchos, muchísimos aspectos en los que hay que seguir avanzando (de hecho he comenzado a escribirlos, pero eran tantos que he renunciado a intentarlo), porque si las que nos precedieron no nos hubieran abierto el camino, no estaríamos aquí. Por eso, antes que nada, lo que hoy quería era dar las gracias a mi madre y decirle que ojalá supiera hacerlo tan bien como ella.

Como lo hizo, como aún lo hace

Y mañana, si os parece, podemos seguir discutiendo cómo.