22 de febrero de 2017

Y así empieza El último baile




Un encuentro
Viena, 1952

—Su café, señora.
El camarero depositó el servicio sobre la mesita con el mayor de los esmeros. El periódico, el vaso de agua, el azu­carero, la cucharilla, la inmaculada y perfectamente doblada servilleta blanca de hilo y la taza, por supuesto, humeante y coronada por una pequeña montaña de blanca nata espolvo­reada con chocolate. Cuando terminó, le preguntó si todo estaba a su gusto. Era un hombre mayor pero muy correcto, y vestía igual que si después de atenderla se dispusiese a asistir a una cena de gala en el Hofburg. Lilian asintió y le dirigió una sonrisa agradecida. No importaba cuánto tiempo hubie­se transcurrido ni que el mundo hubiese cambiado tanto, en Viena algunas cosas permanecían inmutables. Era muy agra­dable tener constancia de ello.
Hacía tres meses que había regresado de Estados Unidos. Se suponía que iba a ser un viaje corto. Lo justo para arreglar la venta de algunas propiedades que su querida pero olvidada tía Astrid le había dejado en herencia. El bufete de abogados que se encargaba de las gestiones lo había resuelto todo en pocas semanas con eficiencia prusiana. Lilian tenía el dinero en la cuenta corriente y ya no había ninguna razón que la retuviese en Viena. También era cierto que no había nada que la esperase de vuelta en Estados Unidos. Y allí no servían así el café… No, claro que no. En Queens una camarera agotada y malhumorada te arrojaba a la taza un líquido oscuro que res­pondía al mismo nombre, pero que bien podía haber sido el agua sobrante de lavar los platos y, cuando lo acababas, todavía tenía el valor de preguntar si querías más. Lilian nunca quería más, gracias, con una única vez tenía más que suficiente.
Cogió un poco de nata con la punta de la cucharilla y la probó casi con remordimiento. Aquello la hizo sentirse más joven, como si aún fuese una niña pequeña golosa y traviesa. Lo absurdo de la idea volvió a hacerla sonreír. Mientras re­movía con cuidado el café, se cerró un poco más el abrigo y dejó que la vista se le perdiese entre la masa arbolada y los muchos viandantes que aprovechaban la fría tarde de pri­meros de octubre para disfrutar del aire libre y los últimos rayos de sol en el Prater. La sonrisa se le acentuó estirando la comisura de sus labios. Viena producía ese efecto en ella. Tal vez muchos la considerasen solo otra fría, rígida y aburrida ciudad centroeuropea, pero Lilian sabía que poseía mayor fuerza y espíritu que muchos otros lugares. Solo había que fijarse con atención.
El viento comenzaba a ser cortante, pero el sol aún bri­llaba con ganas. Las madres paseaban en grandes carritos a sus bebés y charlaban animadas entre ellas, los niños corrían jugando a la pelota o al aro, y las parejas jóvenes se cogían de la mano y reían por nada, igual que antes, igual que siempre. Al fondo, frente a sus ojos, dominando el paisaje, la gran y vieja noria, símbolo de la ciudad, seguía dando vueltas y vueltas, girando incansable. Tenía ya más de cincuenta años sobre su estructura de hierro y cables y nada la detenía. Había sobrevivido a dos guerras y, desde su enorme altura, parecía proclamar que podría sobrevivir a otras dos más. Lilian de­seaba con toda su alma que no fuera necesario.
Acababa de llevarse el café a los labios cuando alguien a su derecha llamó su atención. La interrogación dividida entre la incredulidad y la sorpresa.
—¿Lili?
El corazón se le paró. No importaba cuántos años hubie­sen transcurrido, ni que el tiempo hubiese modificado sutil pero inequívocamente el tono y la cadencia de su voz. Lilian habría reconocido ese acento entre un millón.
—Andreas —musitó volviéndose hacia él.
Tanto tiempo, tantos años… Su ya paralizado corazón se estrujó conmocionado. Catorce, catorce años. Demasiados para que los efectos de su implacable paso no fuesen más que evidentes ante sus ojos. Las arrugas, el rictus de la frente y el ceño, los hombros más cargados, la apariencia menos firme… Y sin embargo, sin embargo, los mismos ojos azules y transparentes. Lilian reconoció de inmediato esa mirada, y el choque por tratar de encajar al Andreas real que tenía enfrente con la imagen que de él guardaba en su memoria se transformó rápidamente en inquietud. ¿Cómo la vería él? Los años debían haber sido igual de inclementes con ella. Cuando se encontraron por última vez, acababa de cumplir treinta y cinco, y ahora ya pasaba de los cuarenta y nueve. Lo tenía asumido y no le molestaba: ver las pequeñas arrugas dibujadas alrededor de sus ojos y sus labios, ni peinar el me­chón gris que desentonaba entre el resto de sus cabellos que aún conservaban su tono original, un suave castaño avellana. Pero ¿y Andreas? ¿Qué estaría pensando mientras la observa­ba con su inefable mirada azul? A pesar de sus casi cincuenta años a cuestas, Lilian volvió a sentirse como la niña insegura y ansiosa que fue una vez. Una niña a la que la mirada de Andreas siempre trastornaba.
Nerviosa se tocó el ala de su sombrero, asegurándose de que se hallaba en su sitio, y consiguió esbozar una sonrisa.
—Andreas, pensé… No creí… Me alegro de verte.
Él también sonrió. Los años y las arrugas desaparecieron de la mente de Lilian. Nada podría nunca igualar esa sonrisa.
—Yo tampoco podía creerlo. Tú, aquí, sentada en una te­rraza del Prater. ¿Cuándo has regresado?
Lilian se aclaró la voz. Temía que le fallase, pero para su sorpresa sonó bastante clara y natural.
—En julio. Una hermana de mi madre murió y me nombró en su testamento. Los abogados tardaron dos años en localizar­me y darme la noticia. Eran solo unos cuantos chelines, pero ya que se tomaron tanto trabajo me sabía mal desilusionarles —re­mató con educado y mundano desinterés.
Su madre la había criado en la antigua tradición que sos­tenía que no había que dar demasiada importancia al dinero; de cara a la galería, por supuesto, otra cosa era de puertas hacia dentro. Pero sabía que Andreas comprendía. También él había sido criado del mismo modo, y los dos habían tenido ocasión de comprobar lo terriblemente duro que era vivir en la más absoluta de las miserias. Lilian tragó saliva para re­legar esos recuerdos que hacían que fuese mucho más difícil conservar la sonrisa. La de Andreas, en cambio, no palideció.
Un poco más recuperada de su primera impresión, se per­mitió examinarle en detalle. Su traje sencillo y clásico, su sombrero, los guantes de piel, el abrigo negro, usado pero elegante y bien cortado. El alivio se mezcló con un cierto pinchazo en el pecho. Andreas había resistido al desastre. Era bueno saberlo, pero también se sentía algo estúpida: todos aquellos años sufriendo por nada.
—¿Puedo sentarme? —preguntó él cogiendo una de las sillas y haciendo un ademán inequívoco.
Lilian asintió con rapidez. Por nada del mundo habría querido que desapareciera así, sin más, de nuevo, ¿quién sabe por cuánto tiempo? Quizá para siempre. El solo pensamiento fue como un soplo frío sobre su corazón que, tras su ante­rior momentánea parálisis, ahora corría sin control. Tampoco quiso pensar en eso. Lo importante en ese momento era que estaba allí, frente a ella. Lilian miró sus ojos claros, su dulce sonrisa, su inalterable pose de chico… ¿de chico? Sí, de chi­co travieso, Andreas podía haber pasado los cincuenta y dos, pero aún conservaba aquel aire. El aire y la apostura que la conquistaron cuando no había cumplido ni los ocho. Por pequeña que fuese, Lilian siempre se recordaba enamorada de Andreas.
—Por favor, siéntate. Me alegra mucho que nos hayamos vuelto a encontrar —afirmó con total sinceridad.
—Yo también me alegro. Es bueno volver a verte —su­surró mientras se sentaba extendiendo las piernas y cruzán­dolas entre sí a la altura de los tobillos en un gesto personal y muy familiar que golpeó de nuevo implacable la memoria de Lilian—. Ha sido como ver una aparición. Estás verdade­ramente preciosa, Lili.
A su edad, que muchos considerarían más que madura, Lilian se ruborizó y se sintió estúpida. Preciosa… No era abuela, pero estaba en edad de serlo, y había engordado al menos… bien, no venía al caso precisar cuánto había en­gordado. Aún se conservaba bien y se cuidaba y se arreglaba, pero hacía mucho que no tenía dieciséis años, y con todo y con eso los cumplidos falsos de Andreas seguían haciéndola enrojecer.
Un poco enfadada, quizá solo por su pueril reacción, le replicó con cierta brusquedad.
—No digas tonterías, Andreas. Y tampoco me llames Lili, soy demasiado mayor ya para eso.
—Para mí siempre serás Lili. Lo siento. No creo que pue­da llamarte de otro modo —dijo igual de serio que ella, ¿he­rido por su respuesta? Andreas había sido siempre demasiado sensible para algunas cosas. Su enfado se aflojó y, en su lugar, Lilian se sintió cansada. ¿Después de tanto tiempo y tantas cosas iban a discutir por eso?
—Está bien —dijo apaciguadora—. Solo porque eres tú.
Andreas sonrió ante aquel pequeño triunfo. Lilian tam­bién se sintió complacida. A veces era tan fácil hacerle feliz… En eso tampoco había cambiado. 
—Y no pienso quedarme con las ganas de decir que estás preciosa. ¿Por qué habría de callármelo?
No pudo evitar sentirse un poco triste. Habría querido creerle.
—Ha pasado mucho tiempo. Ya no somos jóvenes —mu­sitó como si fuese un secreto que ambos estuviesen tratando de ocultar.
Él hizo una mueca.
—Ha pasado el tiempo, pero ¿qué tiene eso que ver? Puede que yo sea una ruina, hace ya mucho que me eché a perder —sonrió con un retazo de la vieja ironía—, pero tú has salido ganando —dijo mirándola francamente a los ojos.
Ella tuvo que sonreír. Nunca iba a cambiar.
—Andreas…
—¿Crees que miento? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para apo­derarme de la herencia de tu tía? ¿Cuánto dices que has he­redado? —dijo mientras le hacía una seña al camarero para llamar su atención.
—Una miseria —dijo ella riendo un poco y tras una pau­sa añadió en un susurro—: Quizá solo lo estés haciendo por los viejos tiempos.
Él olvidó al camarero y volvió a mirarla.
—Sería una buena razón, pero no es por eso. Te he visto aquí, sentada, sola, en medio de una terraza del Prater, y he pensado, no puede ser ella, no puede ser Lili. —El silencio se estableció entre los dos como un muro sólido y casi visible, tuvieron que pasar unos segundos para que lo rompiese—. Hasta que me he dicho, claro que es ella, estúpido, ve y dile lo preciosa que está.
Volvió a hacerla reír. El corazón iba recuperando poco a poco su ritmo normal, pero aún se sentía como si estuviese en un carrusel. Su estado de ánimo subía y bajaba por mo­mentos. ¿Había olvidado cómo era estar con Andreas? No, nunca, nunca pudo olvidarlo.
El camarero se acercó y Andreas también pidió café. Solo, sin azúcar y ardiendo. Lilian habría podido pedirlo por él. Durante un tiempo ella también lo tomó así. Durante un tiempo hacía todo lo que hacía Andreas. Seguía sus pasos. Besaba el suelo que él pisaba. Durante un tiempo.
—Y qué hay de… ¿cómo se llamaba?
Lilian levantó la vista de su taza y lo miró. Su rostro no traslucía lo que pensaba y, salvo las marcas que había dejado el tiempo, nada en él era distinto. ¿De verdad no lo recorda­ba o solo fingía no hacerlo? ¿Importaba?
—Mark. Mark Slattery.
—¡Eso es! —exclamó él como si acabase de recordarlo—. Mark Slattery… Ibais a casaros, ¿no? ¿Ha venido contigo?
Lilian dudó, pero ¿por qué callar? No tenía sentido ocul­tarlo.
—Mark murió.
¿Fue pesar lo que atravesó su rostro? Quiso pensar que sí.
—Lo siento de veras. ¿Cuándo fue?
—No quiero hablar de eso —dijo apurando el café. Se había quedado frío. No había nada peor que el café frío. Era un decir, había muchas, muchas cosas mucho peores que to­marse un café frío, pero por fortuna para Lilian, la mayoría de ellas hacía tiempo que habían quedado atrás.
—Pero aún tienes a Eliza…
—Sí, tengo a Eliza —repuso recuperando la sonrisa.
—¿Cómo le va?
—Bien, muy bien. Se casó hace tres años y vive en Hous­ton con su marido. Es cirujano. —Lilian se detuvo y evitó pronunciar las palabras con las que la frase terminó en su cabeza: Eliza ya no me necesita.
Su hija se había adaptado con rapidez a la vida en los Es­tados Unidos. Cuando se enamoró, no dudó en dejar Nueva York, aunque aún no había terminado sus estudios de enfer­mería. Lilian sabía que no tenía derecho a juzgar sus deci­siones. Además, Eliza había aprendido desde muy pequeña a valerse sola, no tenía sentido quejarse si ahora era ella quien la echaba de menos.
—Bien por Eliza —afirmó Andreas apurando su café.
Volvió a hacerse un silencio. Lilian contempló las tazas vacías. Qué rápido se acababa todo.
—Hace frío aquí sentados. ¿Te apetece dar un paseo?
¿Un paseo con Andreas por el Prater a las puertas del oto­ño? Le apetecía, claro que le apetecía. Se levantó con rapidez y se ajustó el abrigo. También se estaba quedando fría. Solo en Viena se le habría ocurrido sentarse en una terraza al aire libre en aquella estación.
—¿Vamos?
Él le ofreció su brazo, ceremonioso, con un gesto antiguo y pasado de moda. Lilian se quedó parada y sorprendida, pero acabó riendo.
—¿De qué te ríes? —protestó haciéndose el ofendido.
—De nada. Es solo algo que he recordado.
—Un buen recuerdo, espero.
—Nunca lo adivinarías —dijo a la vez que le cogía del brazo y salían al paseo.
—Entonces dímelo.
—Te reirás de mí.
—Aún mejor.
Era tonto, pero la asociación había sido instantánea. Su sonrisa, su gesto de ofrecimiento, mitad galante, mitad sar­dónico.
—La noche de mi puesta de largo. En la Ópera.
Él tardó un rato en responder, lo que le llevó identificar el instante preciso.
—¡La noche de tu puesta de largo! ¿Cómo se te ha ocu­rrido pensar en eso?
—Me ofreciste el brazo exactamente del mismo modo cuando me sacaste a bailar.
—Tu puesta de largo —dijo volviéndose a mirarla con cariño—. Parecías una tarta de merengue, Lili. 
—Gracias por el cumplido.
—De veras me gustas mucho más ahora.
—Tú no me gustas nada. Nunca me gustaste.
Él detuvo su marcha para pararse a contemplarla. Su mira­da intensa, profunda, única. La mirada de Andreas.
—Tanto tiempo y aún no has aprendido a mentir.
—Idiota —dijo empujándole ligeramente. En algo se te­nían que notar los años, antiguamente le hubiera golpeado con fuerza, con mucha fuerza.
—Ahora recuerdo aquel baile. Fue justo al final de la no­che.
—Sí, fue el último baile.
—¿Y qué más recuerdas? —dijo reanudando la marcha y estrechando su brazo cálidamente contra el suyo.
—Todo, Andreas. Lo recuerdo todo.
Él calló y continuaron cogidos del brazo, caminando por el paseo. Cada uno sumergido en sus propios recuerdos que, al fin y al cabo, eran los de los dos. 



Baile de debutantes

Viena, 1921
 
    —¿A quién tienes ahora? —preguntó Magda.
Lilian miró su carnet de baile (...)



 
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7 de febrero de 2017

Palabras que importan



Faltan quince días para que se publique El último baile y nunca me acabo de acostumbrar a esperar, me cuesta pensar en otra cosa y concentrarme. Voy de aquí allá pensando en si tengo pendiente esto o lo otro, en si debería hacer más publi o mejor no insisto más. Es un poco agobiante lo de la promo, me suele pasar que empiezo con buenos propósitos, pero enseguida me invade la fatalidad de que no depende demasiado de mí, que tampoco es plan saturar a mis contactos y que lo que de veras me apetece es hablar de la historia, de lo que significa para mí y lo que me gustaría que fuera para vosotros, y no enviar cientos de mensajes de compra, compra, compra…


¿Funcionaría? En plan táctica subliminal

Desconfío de las técnicas tradicionales de venta. No me van nada esos anuncios que dicen: te va a encantar, te enamorará, no podrás dejar de leer. No me los creo, no pueden ser verdad. No encantará a todo el mundo, de seguro alguien la odiará y otros la dejarán sin terminar. Es un hecho, ocurrirá, y yo no puedo afirmar lo contrario y no sentirme mal, como si fuera una pequeña estafa. Lo que querría es despertar la curiosidad, transmitir una idea de lo que vais a encontrar (sin explicar demasiado) y sobre todo no defraudar. 

Veréis, recuerdo muy bien cuando surgió la idea de El último baile. Fue hace unos cuatro años. Acababa de quedar finalista en el certamen Vergara-RNR con La Dama del Paso y como aún no tenía la menor idea de cómo funcionaba esto, me sentía en un estado intermedio entre flotar en una nube y un caso grave de pánico escénico. ¿Y si resultaba que ganaba y ya no era capaz de escribir nada más? ¿Qué iba a ser de mi prometedora y aún no nacida carrera de autora? ¿Y si ya no tenía más buenas ideas? Entonces, quizá a causa de la presión, varios retazos sueltos  convergieron en algo nuevo. Sucedió una mañana en la que fui a Madrid a comprar un cable para la impresora. Según salía del metro de Callao (ya os dije que me acordaba muy bien), vi la historia al completo: los protagonistas, el momento histórico, el conflicto, los puntos críticos, el planteamiento y también el final. Y me pareció tan bonito, tan emocionante, tan perfecto, que allí, a la salida del metro y en plena Gran Vía me eché a llorar como una tonta. Y no lloraba por la calle al menos desde que tenía veinticinco años y un ex… Creo que esa historia la dejaré para otra ocasión. 


Y eso tiene un encanto particular

El caso es que me sentí feliz porque lo tenía, lo sabía. Sabía que era una buena historia y que solo necesitaba escribirla (y documentarme y solucionar muchos escollos, pero eso no era problema, sabía que podía hacerlo). Pero resulta que algunos días después se falló el Vergara y no gané, ni la editorial decidió publicarla y mis recién nacidos sueños tocaron tierra y aterrizaron a la realidad.  El último baile era un proyecto en ciernes y La Dama un hecho. Se lo debía, no quería, no podía olvidarla y dejarla en un cajón. Así que me puse al día. Investigué sobre autopublicación, busqué imágenes para posibles portadas (incluso compré una), aprendí a depurar vicios y a corregir, descubrí lo que eran las normas ortotipográficas y abrí el blog y cuentas en las redes sociales.

Con tantas distracciones Lili y Andreas tuvieron que esperar. Había enviado La Dama a otras editoriales y mientras esperaba a que no me contestaran (porque eso fue lo que ocurrió) una buena amiga (Mara ❤) me dio uno de esos consejos que valen su peso en oro. No te quedes anclada, no te agobies pensando en lo que pudo ser y no fue. Sigue escribiendo. 

Y le hice caso. Como estaba de un humor extraño y en pleno boom de la erótica alguien me había dicho que Arianne era demasiado tímida (timorata, fue la palabra que empleó mi hermano), me quise sentir perversa y así surgió El juego de la inocencia

 
Otra cosa no, pero tímido no es

La vida tiene vueltas inesperadas, El juego de la inocencia también quedó finalista en el mismo certamen que La Dama y tampoco ganó, pero sí me ofrecieron publicar en digital y yo me sentí feliz y profundamente agradecida a la Selección RNR, y decidí que podía esperar para publicar La Dama y enviarla a más editoriales que comenzaban a dar oportunidades a autoras españolas (como Harlequin), y que lo que tenía que hacer era lo que me había dado resultado: escribir una nueva historia, la de Lilian y Andreas.

Comencé y conecté con ellos desde el principio. Escribí el primer capítulo sin vacilar (el definitivo es idéntico al original sin variar ni una línea), luego escribí cuarenta páginas más. Me gustaron, pero me quedé parada a mitad de una escena. No acababa de ver la salida a la situación y me trabé, me frené en seco.

No era tan importante. Era prácticamente un trámite. Podía haberlo saltado. Nunca lo hago, pero siempre hay una primera vez para todo. No era tanto la escena, como lo que sucedió al margen de la propia historia. Acababa de publicar El juego de la inocencia (que por cierto esta semana ha sido nominado a mejor romance histórico en los Premios Rosa Romántica´s, mil gracias también por eso). Fueron demasiadas emociones a la vez. Tuvo buenas críticas (mucho mejores de lo que me atrevía a esperar), pero también estaban los otros comentarios, los de las lectoras que decían que Louis era el personaje más odioso con el que se habían encontrado nunca, los de quienes señalaban que jamás habían visto a unos protagonistas peores, que no tenían moral, ni principios, y muchas reseñas coincidían en que hacía falta valor para escribir un personaje como Louis de Argenteuil.

Todo esto me dejó confundida, porque yo no pretendía, no pretendo ser valiente (aunque reconozco que me gusta cuando me lo dicen). Sí que intento ser original, aportar algo distinto y a la vez ser fiel a la historia tal y como la concibo. También porque supongo que valentía es enfrentarse a una guardia de veinticuatro horas en Urgencias o levantarse a las seis de la mañana para ir a trabajar y atravesar la ciudad en bici, pero no escribir. Escribir es mucho más sencillo y menos arriesgado. Valiente o no, aquellos comentarios me afectaron más de lo que hubiese querido. Porque os aseguro que lo último que deseo es hacer pasar un mal rato a nadie, y sin embargo y pese a quien pese, no rectificaría la forma de actuar de Louis ni de ningún otro de mis protagonistas. Es más, los quiero como son. 

Porque así es el amor, aunque en este caso concreto ellos sean adorables


Y aún con esa convicción, cada vez que pensaba en Lili y Andreas y en todo lo que aún debía escribir, cuando imaginaba lo que dirían esas lectoras (o alguna otra nueva), o cuando daba por hecho lo que sucedería, comprendía que no estaba segura de querer que ocurriera otra vez, de verme en la necesidad de justificarme, de tener que defenderlos.

Y me bloqueé.

No avanzaba. Volvía atrás. Escribía. Borraba.

Odio dejar las cosas a medias. Lo evito siempre que puedo. Tampoco soy capaz de llevar dos historias a la vez. Necesito absoluta dedicación. Pero cuando se me cruzó un nuevo protagonista que parecía una cosa, pero era otra distinta, decidí que era mejor intentarlo que seguir atrapada en la misma casilla. 

Y ese fue Jorge

Pasó otro año, (porque a veces hasta yo tengo la sensación de que escribo y publico a destajo, pero en realidad durante estos cinco últimos años he escrito una única novela por año). Tuve una conversación con mi editora (cuando me confirmó que querían publicar Tú en la sombra y que La Dama del Paso iba a salir en papel). Hablamos de proyectos nuevos. Le conté mi idea, esa que había aparcado porque se saltaba varias reglas no escritas de las novelas románticas (la de los protagonistas alejados de los arquetipos más queridos es una, pero hay otras) y Mª Eugenia me dijo: ¿por qué no?

No hay grandes declaraciones en mis novelas, en ninguna. Creo en la fuerza de la sencillez. A mí aquellas tres palabras me hicieron más efecto que docenas de razones bien estructuradas.

Llevaba casi tres años volviendo una y otra vez a ella. Sabía lo que quería contar. Rescaté el archivo de Word y le enseñé mis cuarenta páginas a otra de esas personas que te ayudan a encontrar el camino correcto. Le pregunté si querría saber qué ocurría a continuación. Lidia me dijo que sí.

Cuatro meses después llegaba al final.

Y volví a llorar igual que aquella mañana a la salida del metro.

Así que ya veis lo influenciable que puedo llegar a ser, y esta entrada es para agradecer a los que me dijisteis las palabras precisas en el momento oportuno, también a quienes escribieron cosas terribles sobre Louis o sobre cualquiera de mis otros protagonistas, porque todo aquello (lo positivo y lo negativo) me llevó hasta el fin y, aunque siempre estoy dispuesta a escuchar y a tratar de mejorar y aprender (y a dejarme afectar) hay cosas que jamás cambiaría, y una de ellas es a Andreas y a Lilian. 

Y por mucho que se me hagan largas estas dos semanas, si miro atrás pienso que valió la pena esperar, que las cosas llegan cuando tienen que llegar y que esta vez voy a confiar en que Andreas y Lilian se defiendan solos y os lleguen al corazón. 

Y si no sucede, os ofrezco desde ya mis más sinceras disculpas. 

Pero eso sí, no me pidáis que me arrepienta.




30 de diciembre de 2016

Cerrando el año

Llevo un mes de diciembre tan ajetreado que no he tenido tiempo ni de escribir una entrada navideña, por eso quería pasar por aquí al menos para despedir el año.
Las fechas, como los símbolos, tienen la importancia que les queramos dar. Antes de que acabase 2016, quería dejar cerrada la historia que me traía entre manos desde abril, la de Nadina y Mathieu. Era un objetivo razonable. Primero fue octubre, luego noviembre. Por unas cosas y otras no pudo ser. Al final, el 22 de diciembre, terminé de retocar la última escena y la uní al documento principal.
El día 23 de diciembre recibí las galeradas de El último baile.
Y el 15 de marzo también lo tengo ya marcado en el calendario

Fue una coincidencia solo a medias. Sabía que estaban a punto de enviarme la corrección, y no quería volver a la historia de Lili y Andreas dejando pendientes a Nadina y Mathieu, así que apuré las fechas a conciencia. Pero no fue esa la única casualidad.
Seguro que habéis visto las imágenes.
Y el árbol de Navidad derribado por el camión...
Fue el 20 de diciembre en la Breitscheidplatz de Berlín, junto a la avenida Ku´Damm. Un camión se saltó las vallas y cargó contra la gente que visitaba el mercadillo de Navidad. Diréis que por qué cuento esto y que qué necesidad tenemos de recordar un suceso tan terrible en un día alegre como es la víspera de Nochevieja. Aunque resulte extraño, tiene su explicación. Os cuento, no sé qué pasará aún con el borrador que acabo de terminar, es pronto para hablar de él, pero uno de los temas de fondo de la novela es el terrorismo yihadista. Se da la circunstancia de que en julio tuve que modificar el argumento porque la historia transcurría en tiempo real y no había forma de ignorar lo que sucedió en Niza. La semana pasada, aparte de sentir el horror y la incomprensión que estoy segura todos compartimos, no tuve que cambiar nada. La acción finaliza en noviembre y la ciudad es París, no Berlín.
El puente de Alejandro III al atardecer (y sí, por supuesto, terrorismo aparte, la de Nadina y Mathieu vuelve a ser ante todo una historia de amor)
La que transcurre en Berlín es El último baile y en esa plaza que el camión invadió estaba el café Romanische (uno de los escenarios de la novela) antes de que la Segunda Guerra Mundial lo destruyera. Y la torre que se veía iluminada en todas las noticias es la Iglesia Memorial Káiser Wilhem que se conservó en estado de semi ruina para nunca olvidar lo que pasó.
En el edificio con la terraza cubierta estaba el Romanische y la aguja de la torre que se ve en primer plano pertenece al monumento memorial

¿Qué significa esto además de probar lo errático de mis procesos mentales? La verdad, soy la primera que no cree que signifique nada por mucho que me fascinen las señales. Pero no podía dejarlo pasar, y si no para otra cosa, me sirve para reflexionar acerca de por qué y para qué escribo. Veréis, sucede que nunca sentí ese impulso irremediable que te obliga a volcar en un papel tus pensamientos, tampoco me preparé a conciencia para hacerlo porque no estaba en mi lista de objetivos. Aún hoy en día, con seis novelas publicadas, otra que saldrá en marzo y una más que apenas acabo de esbozar, me siento a veces un poco impostora. No aprendí las reglas, no compré el mapa, y mi dedicación no es tan absoluta como la de otras autoras. Sucede también, como en el caso de Berlín, que en ocasiones ni siquiera he tenido oportunidad de pisar la ciudad de la que escribo. Me he tenido que conformar con amarla a distancia, con conocerla por los libros, por las películas, por la imagen que he construido de ella, (porque también leer es vivir y escribir no deja de ser otra forma de lectura).
No, no tengo muy claro por qué escribo. Pero sí sé que siento una especie de lealtad para con mis historias, con lo que creo que deben ser, con lo que las hace reales y no premeditadas, con mi visión del mundo. Porque también yo creo en eso de escribe sobre lo que conoces, y mis historias tratan de emociones; porque en cierto modo escribir es dar sentido a lo que carece de ello y porque aunque la injusticia también existe en las novelas, no tiene por qué ganar.
Quizá no sean razones lo bastante buenas, y esta entrada que quería ser solo una especie de cierre de año me ha salido extraña y reflexiva, pero tenía que contarlo, reconocerme culpable y decir que lo he vuelto a hacer, contar otra historia, reinterpretar a mi medida las señales, tratar de poner luz, orden y un poco de belleza en el caos, e intentar hacerlo con honestidad. (Porque después de todo no gano tanto con esto como para venderla, ni siquiera para prestarla). Y que, aunque el mundo este año será con toda probabilidad igual de terrible que los anteriores, depende solo de nosotros transformarlo. Por eso yo seguiré escribiendo. Es más, ya estoy pensando en la siguiente y lo mas seguro es que vuelva a Berlín. (Lo dicen las señales).
Y hasta aquí mi declaración de intenciones. Sed buenos, sed valientes, cambiemos el mundo. O al menos intentémoslo. Nos vemos en el 2017.